martes, 20 de octubre de 2009

Soy la otra mitad herida
I
El incendio lo consume todo.
En cambio el beso, que es más cauto
más silencioso, más arroyo, más mar
nos lleva a reconocernos
en el espejo de la otra boca.
La boca abierta, sinuosa como un incendio
pero sin quemar, sin lacerar, sin llagas
ni heridas profundas.
La única otra mitad herida: el alma.
II
Deja que en profusión emanen
los dolores guardados
la pregunta de Dios
la afirmación del sueño
la comprobación
de ser ángeles
ángeles sin ruta definida
ángeles trastornados
ángeles tras el cúmulo de la voz.
Ángeles que se equivocan
y sin embargo al tocar sus alas
su vuelo se acelera, se hace más libre
y en ese trastocarse
tocan, como por equivocación
la túnica de Dios
que les ve como sus hijos amados
sus hijos terrenos, sus hijos ángeles orillados
bendecidos por la Palabra.
III
La palabra, ese desatino iluminado
con que brillan más las cosas
se abrillantan los días
las horas en su quietud intacta
se vuelven oro
collar donde puedes colgar
lo más íntimo
lo que nunca ninguna mano desaforada
podrá acariciar
con el detenimiento
con el que yo
acaricio tu mano, tus venas
tu piel despierta, tus ojos
por donde entro como
si de un incendio se tratara
tu voluntad que es la mía
que es la de Dios
que en su infinita piedad
nos ha hecho amarnos.
Re-conocernos, saber
que en esta barca
también temblamos.
Y mi mano, escarcha
se derrite cuando mis dedos
tocan tu espalda, tus brazos
que de tanto anhelar
se me han quedado prendados
y aquí los cargo
como si fueran mis alas.

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